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INGOBERNABILIDAD Y NUEVAS AMENAZAS
Dependiendo de cierta predisposición optimista (fuertemente
condicionada por nuestra capacidad negociadora), debemos concluir
que los países andinos han recibido buenas noticias: todos,
iniciarán negociaciones de un tratado de libre comercio con
Estados Unidos y con la Unión Europea (salvo Venezuela, en
el primer caso). Ello nos permitirá un acceso ya no vocacional
sino práctico e institucional a Occidente en pleno proceso
expansivo.
Pero así como los escasos resultados redistributivos de
la buena performance económica no permiten demasiados entusiasmos,
las buenas perspectivas de esas negociaciones coincide con una coyuntura
de deterioro general de la gobernabilidad en la región con
serios indicios de inviabilidad en ciertos países. Estos
deméritos están siendo estimulados adicionalmente
por la extensión de dos fuentes de desestabilización
regional: el escenario colombiano, que quisiera expandirse a Venezuela
y Perú, y el escenario boliviano que influye directamente
en el sur de nuestro país. Como factores catalizadores internos
el Perú alberga dos movimientos especialmente riesgosos:
el movimiento "cocalero" y el alzamiento de Ilave que
pretende cobijarse bajo el manto "étnico" del "movimiento
aymara".
La más reciente e innovadora evidencia de la expansión
del conflicto colombiano es la captura, en Venezuela, de fuerzas
paramilitares colombianas supuestamente entrenadas para apurar el
derrocamiento del presidente Chávez. Los medios atribuyen
el comando de estas fuerzas a un ignoto personaje cubano-venezolano
con vínculos en Miami. Puede ser. Pero la propuesta que no
se comenta -la de que estas fuerzas pudieran estar relacionadas
con las AUC colombianas seriamente comprometidas en el conflicto
interno de ese país y cuyo status hoy es indefinible- parece
más viable. Si ello fuera cierto en tanto es probable, el
antiguo vínculo del señor Chávez con el ELN
y las FARC del que el Presidente ha querido desprenderse, estaría
siendo escalado, en territorio venezolano, por las fuerzas contrarias
de los violentísimos paramilitares colombianos. El resultado
ya está a la vista: el presidente Chávez ha denunciado
la conspiración y, habiéndola develado, estará
dispuesto a responder de alguna manera.
Una proyección adicional del conflicto colombiano se origina
en la fuerte ofensiva de la fuerza armada de ese país contra
los terroristas en el sur de Colombia. Las operación Patriota,
que involucra según los medios a 17000 hombres, presionará
muy intensamente a los insurrectos. Teniendo en cuenta que, según
el gobierno del Perú, las fuerzas de las FARC no transgreden
"sistemáticamente" la frontera con el Perú,
se colige que sí emplean territorio peruano por razones "circunstanciales".
Bajo la presión, necesaria y legal, de la fuerza armada colombiana,
la transgresión ya producida puede volverse esta vez permanente.
Especialmente si los focos de atracción están en los
35,000 has. de cocales en el Perú.
En el sur del Perú, de otro lado, es cada vez más
evidente que el alzamiento de Ilave no es espontáneo ni está
dirigido sólo contra la autoridad municipal ni está
influenciado sólo por quienes controlan el contrabando en
la zona, de lo que ya dimos cuenta en este medio. Éste tiene
un componente pretendidamente "etnico" en tanto los sublevados
son dirigidos y organizados por agentes del "movimiento aymara".
La presencia de ese movimiento liderado por el extraordinariamente
irresponsable dirigente boliviano Felipe Quispe aparece cada vez
más visible en la zona en términos logísticos
y organizacionales. Es más, el señor Quispe, entrevistado
por el Canal N, no ha tenido ningún empacho en justificar
públicamente el asesinato del alcalde de Ilave. Si se tiene
en cuenta que el señor Quispe, como el "cocalero"
Evo Morales lideraron el movimiento que obligó a renunciar
al presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, podemos tener una
medida de su peligrosa influencia que haríamos muy mal en
desatender.
Considerando el rápido deterioro de los términos
de gobernabilidad en el país -resumidos últimamente
en la forzada renuncia del ministro Rospigliosi-, el vínculo
de los "cocaleros" con la realidad del narcotráfico
y la presencia de movimientos "etnicos" de antecedentes
insurreccionales y orientación escicionista que acechan en
las calles al gobierno, harían muy bien Legislativo y Ejecutivo
en cerrar filas. No es alarmista concluir que la democracia en el
Perú está hoy en peligro y que al deterioro de las
instituciones se suma ahora la presencia física de las denominadas
"nuevas amenazas" en nuestras propias narices. Ese riesgo
debe ser contenido mediante el ejercicio legítimo de la autoridad
democrática.
El Editor (ADC)
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