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Hostilidad cubana
Así como Occidente se rige hoy por principios humanitarios
y democráticos, no existe entre sus miembros ninguno que
reaccione agresivamente frente a una invocación de la comunidad
internacional dirigida a corregir distorsiones de esos parámetros
fundamentales.
En efecto, ni la superpotencia norteamericana -que se sustrae al
régimen de la Corte Penal Internacional- podría menospreciar
una moción de censura de la Comisión de Derechos Humanos
de la ONU si ésta pudiera concertarse, ni Turquía,
esencialmente musulmana pero que aspira a su incorporación
a la Unión Europea, puede mostrarse indiferente a un llamado
de la UE para que modifique su conducta en la materia, ni el Perú
de la era Fujimori pudo evitar concurrir a la Corte de Derechos
Humanos del sistema interamericano aunque intentara amañar
su comportamiento.
Entonces, ¿por qué Cuba reacciona tan hostilmente
contra una resolución de la Comisión de Derechos Humanos
de la ONU que invoca la aplicación específica de normas
universales en la materia y solicita la concurrencia a la isla de
un representante de ese organismo, insulta a los suscriptores y
provoca el debilitamiento de una ya frágil relación
bilateral?
La respuesta genérica es sencilla: Cuba -la del régimen
castrista- no pertenece a Occidente ni a una comunidad internacional
que se organiza en torno a principios y normas compartidos (ni desea
hacerlo) sino a un sistema internacional que, a su juicio, se rige
sólo por razones de poder. Si un sistema se define por la
organización de Estados que suscriben reglas de mantenimiento
de un orden global básico, Cuba entiende su vinculación
al mismo como la forma de proteger intereses nacionales firmemente
asentados en conductas propias de la Guerra Fría. Pero a
diferencia de esa época, en la que el régimen castrista
blandía el nacionalismo, el socialismo, el anti-imperialismo
y su asociación con la Unión Soviética como
sustento del internacionalismo comunista, privada de esa "virtudes"
hoy insiste en ellas apenas para alargar la sobrevivencia del régimen
totalitario que define su orden interno.
Si antes, Castro -y su mentor- llevó al mundo al borde de
la guerra nuclear (la crisis de los misiles de 1962) sin importar
si la isla y buena parte de la región desaparecían
o no, "exportó" sistemáticamente la revolución
violenta inhibiendo sustancialmente los esfuerzos reformistas en
América Latina, saboteó a fuerza de provocación
e intervención polarizante experimentos socialistas como
el chileno, pretendió adquirir poder militar extraregional
llevando a su fuerza armada al Africa sólo para empeorar
los términos del conflicto, se puede concluir además
que el ejercio de la fuerza a cualquier costo está en la
esencia del régimen. Si ésta se expresó antes
a través de la violencia hoy lo hace a través de la
confrontación indiscriminada (ni sus principales apoyos hemisféricos
-México- ni extraregionales -la Unión Europea- se
salvan) mientras mantiene intactas su capacidad de represión
interna.
Para ello no basta el argumento de la amenaza norteamericana. Mucho
menos, si la confrontación entre Estados Unidos y Cuba data
de 1898 comprometiendo los términos de la independencia cubana
de España. Estados Unidos ha constituido para Cuba, mucho
antes de Castro, un factor de contienda geopolítica en el
Caribe que no puede explicarse sólo por la confrontación
ideológica entre capitalismo y comunismo que inaugura la
revolución cubana.
Y tampoco sirve el argumento de la "traición"
latinoamericana. Si en la perspectiva geopolítica los países
suramericanos sólo fueron para Cuba actores de relevancia
secundaria, en la perspectiva ideológica el régimen
castrista empleó nuestra región como fuente de poder
global, instrumento diplomático en su confrontación
con la superpotencia y objeto de sistemática agresión.
Su exclusión del sistema interamericano fue un mecanismo
de defensa colectiva mal revestido de argumentación ideológica.
De allí que la andanada de insultos con que Castro ha reaccionado
contra el Perú y México sea consistente hoy con el
comportamiento cubano del pasado. Nuestra Cancillería, en
consecuencia ha hecho bien en rebajar el nivel de nuestra misión
en La Habana a una encargaduría de negocios. Pero también
debe estar al tanto de que el problema cubano no va a desaparecer
hasta que Cuba se reincorpore a la comunidad internacional y a Occidente
a los que pertenece. Si ello implica el mínimo respeto de
los derechos humanos y de vigencia democrática en la isla
pues también supone el cambio del orden interno en ella.
Mientras ello ocurre, las resoluciones de la Comisión de
Derechos Humanos de la ONU sobre Cuba deben ser promovidas y apoyadas.
El Editor (ADC)
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