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LA AMPLIACIÓN EUROPEA
Mientras las fuerzas de fragmentación (de la que el conflicto
iraquí es sólo un ejemplo) desean apoderarse del denominado
escenario global, la más ambiciosa ampliación de la
Unión Europea muestra al mundo el poder integrador de la
extensión occidental.
Sobre la base de la afirmación democrática, la vigencia
de la economía de mercado y la capacidad de asimilar la legislación
comunitaria (los criterios de Copenhague), 10 países del
norte, centro y sur de Europa acaban de formalizar, este 1 de mayo,
la mayor revolución geopolítica de la post-Guerra
Fría. Una panregión que corre desde el Atlántico
hasta las inmediaciones de Rusia (aunque todavía no hasta
los Urales en la visión de De Gaulle) asegura la proyección
de los valores y fuerzas liberales sobre Eurasia y reduce extraordinariamente
la posibilidad de que esa parte del mundo vuelva a producir las
hecatombes del siglo XX.
A ese objetivo la Comunidad Europea del Carbón y del Acero
orientó, en 1951, la integración en la explotación
de los recursos. Y la integración económica que inauguró
el Tratado de Roma de 1957 fortaleció ese propósito
a través de la construcción de un mercado que brindase
estabilidad a la reconstrucción de Europa. De manera similar,
las sucesivas ampliaciones de la Comunidad debían extender
el progreso occidental minimizando las posibilidades de expansión
del bloque comunista sobre la base de la creación de riqueza
y distribución equitativa del bienestar.
En tanto la fuerza de defensa europea no logró establecerse,
la OTAN -que acaba de expandirse también- debía garantizar
ese resultado. 47 años después, la garantía
de estabilidad a través de la integración se extiende
por primera vez (si descontamos la unificación alemana) más
allá de lo que Churchill denominó la Cortina de Hierro.
El proceso, sin embargo, todavía no ha acabado. En dos o
tres años, se extenderá hacia el Mar Negro y, a través
de Turquía, se proyectará luego al mundo musulmán
aunque hoy no todos los que hoy se rigen por sus normas se hayan
incorporado a regímenes que perfeccionan el mercado común
como la unión monetaria.
Pero no todo en este proceso es elogiable. En efecto, la vigencia
de viejas divisiones entre los miembros "continentales"
(p.e. Francia, Alemania y, ahora nuevamente, España) y "atlánticos"
(p.e. el Reino Unido, Holanda) estimuladas por serias divergencias
en torno al conflicto iraquí y a la relación con los
Estados Unidos, han debilitado la cohesión europea. La erosión
de la convergencia macroeconómica se ha incrementado al vulnerarse
los rangos de disciplina fiscal por los mayores potencias de la
Unión y por la indisposición a realizar reformas económicas
(previsionales y laborales) comprometidas por ellas. La insuficiente
perfomance se refleja en insatisfacción con los niveles de
empleo, en preocupación por la incapacidad de seguir la progresión
norteamericana y en menor desarrollo tecnológico relativo.
Asímismo, la falta de progreso en la organización
de la política exterior y de defensa revela una persistente
divergencia de intereses estratégicos entre sus miembros.
La pérdida de soporte en la opinión pública
evidencia malestar con la incidencia de la "burocracia de Bruselas"
en una complejísima legislación comunitaria y con
la provisión de servicios públicos. La lentitud en
la elaboración de la Constitución europea (que, entre
otros objetivos, procura la institucionalización de un presidente
y de un "canciller" comunitarios y la redefinición
de la Comisión -el órgano técnico de la Unión-)
muestra falta de consenso en la organización de la gestión
pública. Y las asimetrías económicas y sociales
entre los 15 que patrocinan la ampliación y los 10 que se
incorporan proyectan incertidumbre entre sus ciudadanos.
Mientras estos problemas se resuelven, la Unión deberá
también tener en cuenta regiones como la nuestra que teme
que el peso de la ampliación concentre atención y
recursos en el Este a costa de la relación con esta parte
del mundo. La próxima cumbre eurolatinoamericana a realizarse
en Guadalajara intentará dar respuesta a estas inquietudes.
En ella seguramente se concluirá que, en tanto nuestra región
pertenece, periféricamente, a Occidente y, por tanto, suscribe
sus principios y vincula sus mercados, los latinoamericanos consolidaremos
vínculos de asociación con Europa que, siendo imprescindibles,
tardarán algo más en perfeccionarse.
El Editor (ADC)
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