|
FICCIONES COCALERAS
Los planteamientos "novedosos" sobre problemáticas
conocidas tienden hoy a ser valorados sin mayor consideración
por sus contenidos. Los publicistas y los cínicos encuentran
en esa brecha una oportunidad de mercado que pueden explotar sin
importar si el planteamiento "innovador" incinera el bien
común que ciertas políticas desean proteger. En ese
formato de incertidumbre y ambivalencia actividades de linderos
muchas veces grises, como el narcotráfico, florecen con la
complacencia social.
La "huelga" de "cocaleros" tiene hoy esas connotaciones.
Para presentarla como socialmente aceptable sus promotores recurren
a buenos modales y varias ficciones. La primera de ellas consiste
en disfrazar de huelga -actividad normalmente vinculada a un sector
productivo legal- un desafío frontal a la sociedad: los "cocaleros"
desean mejorar sus condiciones de trabajo mediante la desactivación
de las instituciones del Estado encargadas de lidiar con el problema
de la droga (DEVIDA), la suspensión de algunos de sus instrumentos
fundamentales como la erradicación forzosa o voluntaria,
el uso de la empresa comercializadora (ENACO) para registrar como
legal coca de dudosa procedencia y destino, la pérdida del
control de esa empresa por el gobierno central, además de
la liberación de un dirigente imputado de serios delitos.
En otras palabras, proponen la neutralización del Estado
en la lucha contra el narcotráfico amparada por la ley.
La segunda ficción consiste en la mimetización de
cocaleros vinculados a la cadena del narcotráfico (la razón
de ser de la coca ilegal) con agricultores y campesinos a los que
dice representar la confederación reivindicacionista. Esa
"representación" tiene como propósito la
disolución de las fronteras entre las actividades legales
e ilegales a las que se dedican los "representados". Y
como si los peruanos no tuviéramos suficiente con la experiencia
de mimetización social del agente hostil en la guerra contra
Sendero, la confederación alzada pretende también
mimetizar la naturaleza de nuestra cuenca amazónica calificándola
de "cuenca cocalera" en la que esos cultivos son presentados
como propios de ese ambiente.
La tercera ficción consiste en justificar el reclamo "cocalero"
en la "falta de respeto" de las autoridades por organizaciones
en las que el narcotráfico se infiltra naturalmente. Pretendiendo
llevar la discusión al plano de la descalificación
ética del Estado, los representantes de los "cocaleros"
mimetizan los intereses del narcotraficante con los del pequeño
agricultor confrontándolos con las atribuciones de la autoridad
establecida. Por eso le desconocen competencia y reclaman la presencia
de mediadores a figuras destacadas de la Iglesia, nada menos, de
los que obtendrán no sólo legitimidad social sino
religiosa. Todo esto es presentado, por supuesto, con serenidad
y buenas maneras tan apreciadas mediáticamente.
Un cuarta ficción consiste en la intensificación
del escenario brumoso que siempre fue propio del área efectivamente
cultivada. Las disputas sobre la real dimensión del hectareaje
entre la Policía Nacional y los organismos norteamericanos
datan de la década de los 80. Pero hasta ahora nunca había
sido utilizado la confrontación estadísitica -esta
vez entre los organsimos norteamericanos y la agencia correspondiente
de la ONU, el PNUFID- con el propósito de incrementar el
margen de coca "legal" que se puede explotar (el Estado
dice que de cada 10 hectáreas una es legal, mientras los
cocaleros diagnostican que de cada 10 has. el cultivo legal es de
5 has. en un espacio mayor -60 mil has. en lugar de 35 mil-).
Finalmente, la ficción mayor consiste en la pretensión
in pectore de la confederación reinvidicacionista de convertirse
en una alternativa de poder al estilo boliviano. Mientras buscan
un líder confrontan la autoridad legal y democrática
del Estado para aplicar la ley incrementando la sensación
de ingobernabilidad en un contexto global de inseguridad proveniente
de la muy real y presente amenaza narcoterrorista. A ella se ha
sumado el "camarada" Alipio sin que la confedración
proteste demasiado al respecto.
Si los cocaleros no ligados al narcotráfico desean discuir
con el Estado formas más aceptables de llevar a cabo la sustitución
de cultivos, el desarrollo alternativo y la erradicación,
entonces deben dialogar con DEVIDA respetando la política
gubernamental correspondiente. Mientras tanto, el INEI y el ministerio
de Agricultura deben esclarecer el debate estadístico sobre
la demanda legal de coca y la oferta ilegal de la misma. El Estado
no puede ceder su jurisdicción ante los "cocaleros"
sin arriegar la incorporación de escenarios bolivianos o
colombianos a los diagnósticos de seguridad nacional que
elaborarán propio y extraños.
El Editor (ADC)
|