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"Huelga" cocalera
Una organización política que dice representar a
"campesinos y agricultores" de "cuencas cocaleras"
ha declarado una "huelga nacional" que incluye interrupción
de caminos, "marchas de sacrificio" y planteamientos adicionales
que atentan contra la seguridad nacional.
Efectivamente, esa organización no sólo parece atribuir
a nuestra cuenca amazónica la calidad natural de "cuenca
cocalera", pervirtiendo un espacio vital del territorio nacional,
sino que pretende alterar el reconocimiento del habitante de la
zona confundiendo al agricultor con el sembrador de coca legal y
a éste con el cocalero incorporado a la cadena del narcotráfico.
Bajo estas premisas, que alteran inaceptablemente la percepción
del escenario, del campesino y del agente de una actividad delictiva
de carácter trasnacional, dicha organización no sólo
plantea lo irrealizable sino que hasta ha concitado el apoyo expreso
de un reconocido líder de Sendero Luminoso (el "camarada
Artemio"). Y poco preocupada, además, por un contexto
internacional en el que el narcoterrorismo convoca la más
alta alerta de seguridad global, esa organización pretende
que la sociedad y el Estado le reconozcan representatividad cuando
aquélla plantea nada menos que la neutralización de
los mecanismos estatales para el combate del narcotráfico.
En efecto, su "pliego de reclamos" público subordina
los requerimientos económicos atendibles a la desactivación
de las instituciones que lidian con la amenaza de la droga ilegal
(DEVIDA), la cancelación de uno de sus herramientas fundamentales
(la erradicación de la coca ilegal que complementa a la sustitución
de cultivos y el desarrollo alternativo), la extracción de
la organización comercializadora de la coca (ENACO) del control
del gobierno central y la liberación de un líder grupal
acusado de delitos mayores. Éstas no son reivindicaciones
que conduzcan a un diálogo que orienten una mejor cooperación
del Estado para impulsar el desarrollo alternativo o incentivar,
con mejores precios, la compra de la hoja o la provisión
de nuevos cultivos. Tampoco son reclamos en búsqueda de "respeto"
como, honorablemente quisieran hacer aparecer algunos intermediarios.
En realidad son desafíos a la sociedad perfectamente organizados
(por ejemplo en limeños cónclaves "académicos"
de febrero pasado) orientados a la confrontación. De esa
contienda, quizás dichas organizaciones no sólo deseen
extraer ganancias de "legitimidad" (entendida como aceptación
popular) sino proyectarse políticamente mientras buscan una
figura equivalente al señor Evo Morales en Bolivia. Es decir,
quizás busquen una emergencia social organizada que, aprovechando
la grave brecha de gobernabilidad que vive el país -como
otros de la región-, confronte al gobierno legítimo
con el propósito de convertirse en base o alternativa de
poder como ha ocurrido con nuestro vecino altiplánico.
Si ello ocurre, los límites entre la actividad legal e ilegal
se habrán borrado en el país y nos incorporaremos
más activamente aún a la convivencia incuestionada
con el narcotráfico, como ha ocurrido en Colombia por tantos
años con los resultados conocidos. Si ello va acompañado
de la denotación de un socio como Estados Unidos
oponiéndolo a un organismo multilateral como el PNUFID
(el programa de la ONU que lidia con el problema de la droga)
mejor para ellos que querrán ganar el consecuente reconocimiento
político de esa entidad e incorporar la agenda de legitimación
de la coca ilegal a la agenda del organismo mundial.
No de otra manera se entiende que esa organización emplee
estadística de la ONU para contraponerla a la del Estado
no para buscar la cifra correcta sino quizás para incrementar
en la percepción colectiva la tolerancia a una mayor cantidad
de coca "legal" y minimizar, por tanto, la disposición
a reducir la oferta (el Estado dice que 9 de cada 10 hojas va al
narcotráfico mientras la organización sostiene que
se trata sólo del 50%).
Al respecto diremos que si el INEI o los organismos de los ministerios
del Interior y de Agricultura tienen la respuesta sobre la oferta
y la demanda locales, deben publicarla ya para señalar la
magnitud del problema y restar piso al desafío frontal que
plantea la organización cocalera.
De otro lado, si los integrantes de esa organización desean,
en efecto, solucionar problemas específicos de sustitución
de cultivos, mercado, precios y erradicación pues DEVIDA
debe conversar con ellos con esos objetivos específicos y
lograr resultados en el corto plazo. En el proceso los interlocutores
deben comprometer un verificable deslinde con el narcotráfico.
Si no fuera así, el Estado no puede aceptar propuesta alguna
orientada a un mayor debilitamiento de su capacidad de mantener
el orden interno en un contexto en el que el narcoterrorismo constituye,
como nunca, una amenaza de seguridad real y presente.
El Editor (ADC)
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