|
Cooperación con Estados Unidos
A pesar de la buena marcha de su economía, Estados Unidos
confronta una crisis política y de seguridad múltiple.
En un contexto de guerra contra el terrorismo (en realidad contra
grupos y Estados que amparan terroristas) y de una campaña
electoral especialmente virulenta, la superpotencia atraviesa el
peor momento de la campaña iraquí, discute abiertamente
las debilidades de su sistema de inteligencia y no logra recuperarse
de los problemas de credibilidad derivados de la falta de éxito
en la búsqueda de armas de destrucción masiva (el
casus beli en la ofensiva que derrumbó a Hussein).
Bajo estas condiciones, cualquier otra potencia hubiera sucumbido.
Si ello no ocurre con Estados Unidos se debe a que la superpotencia
tiene una incomparable capacidad de poder, porque se trata de una
democracia extraordinariamente flexible y, aunque se diga lo contrario,
cuenta con un considerable número de aliados que tienen claro
que el fracaso norteamericano conduce a una desestabilización
regional (en el Medio Oriente) y global de proporciones sistémicas.
Estas razones no eluden, sin embargo, el hecho singularísimo
de que la superpotencia en un mundo supuestamente unipolar no logre
transformar su capacidad de poder en resultados más rápidos
y menos costosos en el escenario iraquí. Y al no lograrlo,
el prestigio norteamericano y los factores de su influencia (lo
que Nye llama "soft power") se van erosionando. La autolimitación
en el uso de la fuerza militar, cuyas consecuencias ya se vieron
en Corea y Viet Nam, por razones estratégicas (la idea es
redefinir el escenario medioriental, no destruirlo con miras a la
solución del conflicto palestino-israelí), políticas
(la necesidad de mantener la cohesión de los aliados, de
los países árabes amigos como Egipto y de
la propia ciudadanía americana) y morales (a pesar de la
brutalidad de la guerra, Estados Unidos, como potencia liberal,
no puede permitirse el uso de tácticas propias de potencias
totalitarias), tiene un alto costo de ineficacia. Ello sin contar
un planeamiento de la "post-guerra" (luego de la toma
de Bagdad y de la caída de Hussein) sumamente defectuoso.
Este conjunto de debilidades, estimula al contrincante terrorista,
a las facciones sunitas y chiitas beligerantes y también
a algunas potencias que ven el temporal entrampamiento norteamericano
como una ventaja estratégica. En tanto que estos últimos
no son potencias occidentales, y los primeros son agresores de proyección
extrarregional y global, son eventuales desafiantes de un bloque
occidental ahora vulnerable y dividido en el centro y en la periferia.
Por ello es que las potencias latinoamericanas que creen estar
alejadas de los centros de conflicto deben procurar apoyar
a la Coalición multinacional. Ello debería hacerse
con el aporte de tropas. Pero si esta propuesta resultase impracticable
o divisiva internamente, bien podríamos los latinoamericanos
estimular una resolución del Consejo de Seguridad que incremente
la autoridad de la ONU que ya participa en el terreno
en la pacificación iraquí en el entendido de que no
hay fuerza superior a la norteamericana para llevar a cabo esa tarea.
El efecto congregante de esa resolución reduciría
fuertemente los costos del conflicto y mejoraría las condiciones
de transferencia de la soberanía política a Irak.
A estos efectos las democracias pueden evaluar si la autolimitación
militar norteamericana incrementada por el debate interno en Estados
Unidos, esencial en una sociedad abierta, no las obliga a contribuir
a aminorar esa brecha con el apoyo a un socio hemisférico
(en el caso latinoamericano) o transatlántico (en el caso
europeo). Más aún si fuerzas de democracias asiáticas
renuentes a la guerra, como Corea del Sur y Japón, ya están
desplegadas en el terreno.
Los reparos al respecto pueden provenir de la sensación
de manipulación de la información que condujo a la
guerra. Aunque esa sensación es compartida inclusive por
los que apoyamos la incursión, debería poder ser contrarrestada
por un hecho incontrastable: la información del caso fue
convalidada por la resoluciones de la ONU correspondientes y aprobada
por todos los miembros del Consejo de Seguridad. La teoría
de una conspiración universal al respecto resulta, por impracticable
en su momento, inverosímil. De allí que la investigación
pública que conducen los norteamericanos sobre el funcionamiento
de sus servicios de inteligencia, siendo esclarecedora al respecto,
debe estimular la cooperación con esa potencia.
Si estas razones no bastaran, aquí hay un concreto interés
nuestro que debe considerarse: la cooperación de seguridad
con Estados Unidos, especialmente en inteligencia, es fundamental
en la lucha contra el terrorismo global y regional.
El Editor (ADC)
|