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Asamblea sin propuestas
La 45 Asamblea de Gobernadores del BID llega a su término
dejando como saldo una muy oportuna promoción del país
como sede de reuniones, pocas ideas y nuevas preocupaciones.
Aunque el Informe Anual no es aún de conocimiento público,
el BID sí ha dado cuenta de su buena perfomance crediticia
y publicado algunas recomendaciones generales.
La primera se refiere fundamentalmente a un incremento de 50% de
crédito institucional en el 2003 (US$ 6810 millones vs. US$
4500 millones en el 2002). Oficialmente ello se debe al estímulo
de una mejor perfomance regional. Si es verdad que sin el flujo
de financiamiento multilateral bastante más economías
latinoamericanas se habrían ubicado por debajo del promedio
de 1.5% registrado el año pasado, el crecimiento reforzado
por ese financiamiento no ha producido empleo. Y si para este año
el crecimiento se proyecta en un 4% y las perspectivas laborales
no mejoran (como ha sido el caso peruano del año pasado),
el 2005 el Informe Anual del BID tendrá que dar cuenta de
un síndrome que parece arraigarse en la región como
en otras partes del mundo: el crecimiento sin empleo.
Esta paradoja económica (diferente a la "estanflación"
de fines de los 70) tiene diversas explicaciones según la
economía de que se trate: incremento de la productividad
por mayor incidencia tecnológica o la reducción de
costos por el traslado de oportunidades al exterior (el famoso "outsourcing")
en los países desarrollados; la informalidad, la "rigidez
laboral" y la inversión concentrada en sectores no intensivos
en mano de obra en los países en desarrollo.
Cualquiera que sea la razón que explica este fenómeno,
el resultado no deja de ser escandaloso cuando al escaso crecimiento
latinoamericano es denominado "bonanza" por la banca multilateral
y los representantes de los países mayores. Más aún,
cuando estos clericales funcionarios reclaman mayor rendimiento
a una perfomance económica que no alcanza las tasas del crecimiento
demográfico y que obliga, por ejemplo, a que el 52% de los
desembolsos del BID se orienten, apenas con resultados de contención,
a programas de lucha contra la pobreza. Si la mayor parte del crédito
del organismo que debe promover el desarrollo latinoamericano se
concentra sistemáticamente en el asistencialismo algo anda
mal en el modelo económico que ese organismo ampara.
De allí que las recomendaciones del BID referidas a la necesidad
de consolidar el escaso crecimiento sean redundantes. En efecto,
si hace una década se viene fortaleciendo los sistemas financieros
y éstas siguen prestando principalmente a las corporaciones
es necesario promover mecanismos que reorienten esos flujos hacia
la pequeña y mediana empresa antes que seguir en lo mismo.
Y si es necesario fortalecer la competitividad, ya no basta la disciplina
fiscal y monetaria y las formas institucionales sin considerar la
inversión en infraestructura, recursos humanos y educación.
Al respecto, sin embargo, poco han avanzado las "propuestas
innovadoras" como las del Grupo de Río y reiteradas
en el Acta de Copacabana por Brasil y Argentina sobre el cambio
de la contabilidad del gasto para considerar parte del mismo como
inversión con el propósito de alzar el umbral del
techo de endeudamiento comprometido con los propios organismos multilaterales.
Y de poco sirve, de otro lado, la recomendación de rebajar
la vulnerabilidad de nuestras economías a través de,
por ejemplo, el reperfilamiento de la deuda cuando esa práctica
genera más endeudamiento que, a su vez, debe ser vuelto a
refinanciar ad infinitum.
Si el remedio es crecer más (lo que a tasas de 7% y 8% requiere
US$ 8 mil millones según el presidente Toledo) necesitamos
algo más que reformas institucionales si tenemos como referencia
China hacia donde la inversión fluye a raudales sin importar
que se trate de un régimen dictatorial, violador de los derechos
humanos, laborales y ambientales y donde el estado de derecho no
es precisamente la norma. El Perú, como, la región
necesita flujos de inversión que hoy se desvían a
mercados menos ordenados que el nuestro y repatriación de
capitales. Requiere más comercio exterior, lo que implica
incrementar la oferta exportable con activa promoción del
Estado si es necesario. Reclama más consumo, lo que supone
la expansión del mercado interno y políticas contracíclicas.
Y también más y mejor gasto público responsable,
especialmente en infraestructura, que hoy es inhibido.
Y en cuanto a las preocupaciones, es necesario que, más
allá de las medidas nacionales -como el incremento del encaje-,
los organismos multilaterales contribuyan a proteger a las economías
regionales de shocks externos como puede ser una futura alza de
intereses norteamericanos sobre la que no tenemos ningún
control ni responsabilidad.
El Editor (ADC)
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