|
INTELIGENCIA ERRADA
Una vez culminado el "85%" del trabajo de búsqueda
de armas de destrucción masiva en Irak los resultados negativos
del emprendimiento han puesto críticamente en cuestión
el casus beli que llevó al uso de la fuerza. El punto no
es aquí si se debió o no apoyar a un aliado en un
momento de emergencia bélica -sostengo que el apoyo era necesario-
sino si la información que motivó esa reacción
fue correcta y si ésta fue o no manipulada para justificar
la acción militar.
En relación al segundo punto, el juez británico Hutton
ha negado -en relación a la decisión bélica
del Primer Ministro Blair- que haya habido engaño, utilización
perversa o exageración de la información de inteligencia
disponible en el momento en que se tomó la decisión
de ir a la guerra. En lo que respecta a la honorabilidad con que
se tomó la decisión se le ha dado la razón
al Primer Ministro, aunque cerca de la mitad de la población
cuestione aún su credibilidad. Es que de lo establecido por
el juez Hutton se infiere que, si se pudiera hacer a un lado la
discusión sobre los procedimientos adecuados en la ONU, la
decisión se basó en una evaluación de la realidad
iraquí que correspondía a la percepción de
la amenaza que Hussein representaba. Esa percepción fue compartida
por muchos.
Es entonces el punto que concierne a la recolección y análisis
de la información sobre la existencia de armas de destrucción
masiva en Irak lo que alarma. El principal investigador norteamericano
en la materia, señor Kay, ha sentenciado: aquí "casi
todos estuvimos equivocados". Si bien el señor Kay se
refiere a los servicios de inteligencia norteamericanos, su expresión
puede extenderse a las instituciones del conjunto de los miembros
del Consejo de Seguridad de la ONU -y a ésta misma- los que,
en las resoluciones relevantes detallaron, de manera desagregada,
las armas que Hussein no había dado cuenta durante 12 años
luego de ser conminado reiteradamente a hacerlo.
¿Cómo tantos pudieron equivocarse tanto? El señor
Kay ensaya una respuesta: la descomposición del régimen
iraquí fue de tal naturaleza que permitió que la información
emergiera pútridamente erosionando la capacidad de análisis
de los servicios responsables además de la excesiva dependencia
de inteligencia tecnológica y del pillaje ocurrido después
de la caida de Bagdad. Sabiendo que esa no es respuesta suficiente,
el señor Kay ha planteado una investigación sobre
el proceso de toma de decisiones y el repotenciamiento de los servicios
de inteligencia norteamericanos. Esa iniciativa debiera poder llevarse
a cabo primero en el Congreso, pero cuidándose de los inconvenientes
propios de un año electoral, de la generación de pugnas
interburocráticas sensibles y de filtraciones que, eventualmente,
no ayudarían a contener el daño ni a perfeccionar
el sistema.
El tema deberá tratarse en tanto cuestiona la credibilidad
de aquellas instancias que generan, en la primera potencia, inteligencia
no sólo para el control o la prevención de seguridad,
sino para hacer la guerra. Más aún, cuando este hecho
plantea, en una era que privilegia el conocimiento y el traslado
rápido y eficiente de información, que contenidos
potencialmente errados sobre los que se toman decisiones que afectan
a millones puedan poner en cuestión la dinámica del
denominado sistema global. Si se tiene en cuenta, por ejemplo, la
interacción entre información y expectativas con que
se toman hoy decisiones económicas públicas y privadas,
el cuestionamiento de la calidad de la primera hará de la
decisión un acto extraordinariamente arbitrario y, por tanto,
justificable más por su reiteración colectiva que
por sus fundamentos.
Si la incertidumbre y la desconfianza generalizada es el efecto
inmediato que produce el manejo político de información
errada por potencias mayores, los países pequeños
como el nuestro están obligados, a la luz del caso iraquí,
a fortalecer sus sistemas de inteligencia si desean reducir una
vulnerabilidad ahora incrementada por fallas en la generación
y empleo del factor conocimiento.
El Editor (ADC)
|